Hubo un tiempo en que aburrirse no era un problema. Hoy el aburrimiento dura aproximadamente tres segundos.
Hubo un tiempo en que aburrirse no era un problema. Podías esperar el camión mirando la calle, ver por la ventana durante veinte minutos o acostarte sin sueño y simplemente… estar ahí.
Qué pinche lujo.
Si estamos esperando a alguien, sacamos el celular. Si estamos en una fila, sacamos el celular. Si vamos al baño, sacamos el celular. Si estamos comiendo solos, sacamos el celular. Si estamos viendo la televisión, tenemos el celular en la mano por si acaso la televisión se pone aburrida.
Creo que ahí ocurrió uno de los grandes cambios de nuestra época: convertimos el aburrimiento en algo que hay que combatir.
Antes, cuando no teníamos nada que hacer, nuestra cabeza tenía que entretenernos. Y nuestra cabeza es una cosa bastante extraña. De repente te acordabas de algo que hiciste en secundaria. Pensabas en una canción. Inventabas una historia. Observabas a la gente. Te preguntabas por qué el señor de enfrente llevaba una bolsa de Soriana dentro de otra bolsa de Soriana.
A veces hasta se te ocurría una buena idea.
Todo está disponible. Todo el tiempo. Y cuando por cinco segundos no hay nada nuevo que consumir, sentimos que algo está fallando.
Tal vez por eso ya no sabemos esperar.
Te acuerdas de que estás cansado. De que no te gusta tu trabajo.
De que extrañas a alguien. De que llevas meses posponiendo una decisión.
De que tienes que hablar con alguien. De que no sabes exactamente qué estás haciendo con tu vida.
Entonces quizá el celular no solamente nos entretiene.
También nos rescata.
Nos rescata de cinco minutos a solas con nuestra propia cabeza. Y eso sí está cañón.
Porque estamos viviendo en una época en la que tenemos más herramientas para conectarnos que cualquier generación anterior y, al mismo tiempo, cada vez necesitamos más estímulos para no estar a solas.
La utilizamos como herramienta. Como un medio para llegar a algo.
Dejamos de utilizarla como herramienta y empezamos a utilizarla como anestesia.
Quizá el verdadero lujo de la vida moderna no es tener acceso a todo.
Quizá es poder estar cinco minutos sin necesitar nada.
Cinco minutos simplemente mirando por la ventana.
Y descubrir qué pasa cuando, por primera vez en mucho tiempo, no pasa nada.
Nos leemos la próxima semana. — Pepe Portadas
La próxima semana en La Ridícula Vida Moderna
Más absurdos cotidianos que nadie se había atrevido a decir en voz alta.