Tenemos relojes cada vez más precisos y cada vez menos tiempo. Qué cosa tan moderna.
“Vivimos pendientes de la hora, pero casi nunca estamos a tiempo.”
— Pepe PortadasRevisamos el celular para saber qué hora es y, cinco minutos después, seguimos revisando el celular sin saber exactamente para qué lo sacamos.
En algún momento convertimos la prisa en una especie de personalidad.
Qué respuesta tan extraña. Nadie preguntó si estabas participando en una carrera.
Pero decir “no tengo tiempo” parece haberse convertido en una forma elegante de demostrar que nuestra vida importa. Como si estar ocupado fuera una medalla y tener una tarde libre fuera una señal de que algo estamos haciendo mal.
Y ahí está una de las grandes ridiculeces de la vida moderna: tenemos más herramientas que nunca para ahorrar tiempo y, aun así, vivimos con la sensación de que nos falta.
Hemos conseguido ahorrar tiempo en casi todo, excepto en la sensación de no tener tiempo.
Y la prisa no siempre viene de que tengamos demasiadas cosas que hacer. A veces viene de que ya no sabemos estar haciendo una sola cosa.
Por eso quizá el verdadero lujo ya no sea tener el celular más caro, comer en el restaurante más exclusivo o unas vacaciones en otro país.
Tal vez el verdadero lujo sea tener una tarde libre y no sentir la necesidad de llenarla.
Poder desayunar sin mirar el reloj.
Caminar sin estar pensando en cuánto falta para llegar.
Sentarte cinco minutos sin sacar el teléfono. Sin razón. Sin productividad.
Tal vez hemos confundido velocidad con progreso.
Porque ir más rápido no necesariamente significa estar llegando a un lugar mejor.
A veces solamente significa que llegamos más rápido al siguiente pendiente.
Después de tantos años intentando ahorrar tiempo, tal vez lo más moderno que podríamos hacer sea aprender a desperdiciarlo un poquito.
Y qué pinche lujo.
Soy Pepe Portadas. Nos leemos la próxima semana.
La próxima semana en La Ridícula Vida Moderna
Más absurdos cotidianos que nadie se había atrevido a decir en voz alta.