Nadie te explica exactamente cuándo sucede. No hay ceremonia, no te entregan un diploma ni una placa.
Un día simplemente descubres que tienes que hacer un trámite para renovar algo que ni siquiera sabías que necesitabas renovar.
Y entonces empiezas a entender que la adultez no consiste tanto en libertad, madurez y estabilidad como nos hicieron creer. Consiste en hacer trámites, pagar cosas, comprar detergente y preocuparte porque el refrigerador empezó a hacer un ruido que antes no hacía.
Ese es uno de los grandes misterios de crecer: en algún momento dejamos de soñar con salvar al mundo y empezamos a emocionarnos porque encontramos una promoción de papel de baño.
Uno pensaba que ser adulto significaba poder hacer lo que uno quisiera. Que nadie te dijera a qué hora dormir, qué comer o cuándo regresar a casa. Libertad.
Pero resulta que cuando finalmente puedes decidir todo eso, también puedes decidir no hacerlo porque mañana tienes que levantarte temprano.
¿Ya pagaste el internet?
¿Cuánto llegó la luz?
¿Crees que ese ruido sea normal?
¿Dónde está la garantía?
La independencia es maravillosa hasta que descubres que también significa que si no compras comida, no hay comida. Si no lavas la ropa, no hay ropa limpia. Si no pagas el internet, no hay internet. Y si el refrigerador hace un ruido extraño, ya no puedes simplemente decirle a tu mamá.
Ahora eres tú el que tiene que averiguar qué significa ese ruido.
Tal vez por eso nos cuesta tanto aceptar que somos adultos. Porque durante mucho tiempo pensamos que crecer significaba convertirnos en una versión extraordinaria de nosotros mismos.
Y resulta que muchas veces crecer simplemente significa convertirte en la persona que se acuerda de comprar detergente.
No es necesariamente malo. De hecho, quizá hay algo bonito en eso.
Decidir qué hacer con tu tiempo
Elegir a la gente con la que quieres estar
Comprar algo que de niño no podías
Vivir en un lugar que tú elegiste
Poder decir que no
Cambiar de opinión cuando quieras
Nos dijeron que crecer era poder hacer lo que quisiéramos.
Nadie nos explicó que primero habría que lavar los platos, pagar el internet y esperar al técnico.
Felicidades, ya eres adulto.
Ahora solo falta descubrir dónde guardaste la garantía del refrigerador.
Soy Pepe Portadas. Nos leemos la próxima semana.
La próxima semana en La Ridícula Vida Moderna
Más absurdos cotidianos que nadie se había atrevido a decir en voz alta.