Creemos que las puertas solo sirven para entrar. Por eso, cuando una se cierra, sentimos que perdimos algo.
Hay una costumbre muy extraña que tenemos los seres humanos.
Creemos que las puertas solo sirven para entrar.
Por eso, cuando una se cierra, sentimos que perdimos algo.
Y sí. A veces sí perdemos.
Lo curioso es que casi nunca nos damos cuenta de lo que esa puerta nos dejó antes de cerrarse.
Hace unos días me descubrí pensando en eso. En cómo hay etapas de la vida que terminan exactamente igual que las series que uno recomienda durante años: de una forma que no te gusta.
Y es muy fácil quedarse con el último capítulo. Decir que todo salió mal. Que no valió la pena. Que hubiera preferido que terminara diferente.
Pero luego haces memoria. Y recuerdas a la persona que eras cuando cruzaste esa puerta por primera vez.
Nos obsesionamos tanto con el final que olvidamos revisar todo lo que aprendimos mientras estábamos adentro.
Hay lugares que no llegan a tu vida para quedarse. Llegan para enseñarte.
Es como esos maestros que nunca vuelves a ver, pero de pronto, veinte años después, sigues usando algo que te dijeron en un salón de clases.
Hay personas que llegan para acompañarte.
Y otras que llegan para entrenarte.
La ridícula vida moderna nos ha hecho creer que el éxito consiste en permanecer. Permanecer en el mismo trabajo. En la misma empresa. En el mismo lugar. Como si cambiar de rumbo fuera una derrota.
Pero quizá crecer consiste exactamente en lo contrario. En aceptar que hay puertas que solo se abren para llevarte hasta la siguiente. Y que el verdadero error sería quedarte viviendo en el pasillo por miedo a tocar otra.
No voy a romantizar los finales. Duelen. Confunden. Dan miedo. Sobre todo cuando llegan sin que los hayas pedido.
Pero también es cierto que, cuando uno voltea hacia atrás, descubre algo curioso: las mejores cosas de su vida casi siempre empezaron con un cambio que al principio no quería.
Tal vez por eso ya no me asustan tanto las puertas que se cierran. Me preocupa más dejar de tener el valor para tocar la siguiente.
Porque, al final, uno nunca sabe cuál de todas esas puertas es la que estaba esperando desde hace años.
Ojalá que, cuando una puerta se cierre,
recuerdes agradecerle
antes de buscar la siguiente.
Nos leemos la próxima semana. — Pepe Portadas
La próxima semana en La Ridícula Vida Moderna
Más absurdos cotidianos que nadie se había atrevido a decir en voz alta.